Se me ocurre una Ley para poetas:
una Ley que multara a todo aquel
que siguiera escribiendo por encima
de los veintiséis años de John Keats.
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EL BLOG DESATENDIDO DE BEN CLARK
Se me ocurre una Ley para poetas:
una Ley que multara a todo aquel
que siguiera escribiendo por encima
de los veintiséis años de John Keats.
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La sentencia del juicio de Shi Tao -condenado en abril de 2005 a diez años de cárcel por “divulgación ilegal de secretos de Estado en el extranjero”- indica que la filial de Hong Kong de Yahoo! entregó a la policía informaciones comprometedoras para el periodista. “Yahoo!, que ya era un celoso colaborador de la censura, se convierte ahora en auxiliar de la policía china”, ha declarado Reporteros sin Fronteras.
“Ciertamente, Yahoo! no ha hecho otra cosa que plegarse a las demandas de las autoridades chinas. Los dirigentes de la empresa podrán explicar, una vez más, que no hacen más que adecuarse a las leyes de los países en que operan. Pero la legalidad del procedimiento no exonera a Yahoo! de cualquier cuestionamiento ético. ¿Hasta donde estará dispuesta a llegar esta empresa para contentar a Pekín? Las informaciones facilitadas por Yahoo! han llevado a la condena de un periodista íntegro, que hoy está pagando muy caro el hecho de haber querido informarnos libremente. Una cosa es cerrar los ojos ante las exacciones del gobierno chino y otra muy distinta colaborar con él”, ha añadido la organización.
Noticia completa en http://www.rsf.org/article.php3?id_article=14889Y ahora el experimento:
Buscar Tiananmen en Google.com (imágenes), ver el resultado. Buscar lo mismo en Google.cn (el google chino), asegurándose de darle a ''imágenes'' (es el mismo botón para todos los Google). Comparar los resultados.
Yahoo y Google arrancaron como empresas jóvenes bajo la bandera de la libertad de expresión, la difusión de información, la capacidad de comunicarse. ¿Pueden decir lo mismo hoy?
Me pregunto si blogger, que pertenece a Google, mantendrá esto on the web mucho tiempo. Es muy posible que sí, que 'pasen'. Un gigante sólo teme a otro gigante.
No es fácil ser el monstruo. Si me permitieran llamarlo profesión diría que es una profesión muy exigente. Pero nunca permitirán que afirme tal cosa. Yo soy el monstruo. Sí que me permitiréis, sin embargo, decir que no sabía lo que hacía, incluso me animaríais a ello si pudierais. Cualquier cosa menos aceptar lo que soy, el monstruo, el tipo que vivió vuestras pesadillas como un sueño. Pero no es fácil ser el monstruo.
Una cosa no siempre implica la otra y yo no soy un mentiroso. Yo no les mentiría porque me parece algo denigrante, un insulto a su inteligencia. Ya ven que los monstruos –sí, el plural existe– también tenemos nuestra moral. ¿Pero qué os da miedo? ¿Es la realidad? Yo existo, soy, respiro igual que vosotros y contamino lo mismo. Consumo como cualquiera y, de vez en cuando, también disfruto de alguna comedia mala. Pero nada de eso os importa, pensáis que mi vida es muy distinta, el lado oscuro de la vida, por decirlo de alguna manera. Él, él, no yo, nunca. Pero no creo equivocarme cuando digo que en algún sórdido rincón de vuestro ser habita, expectante, una chispa de curiosidad. Y con una chispa se puede quemar un bosque.
No, no es fácil ser el monstruo. Hay que creer en uno mismo como si se tratara de una religión. Es necesario ser fuerte, ser categórico. El monstruo no puede dudar. Yo no dudo nunca, puede que esa sea la diferencia –la única– entre vosotros y yo. Yo tengo claro lo que tengo que hacer en todo momento y sé exactamente cuáles van a ser las consecuencias de los actos. Hubiera dicho de mis actos pero no, de los actos o pasos, si preferís llamarlos así –que sé que no–. Una paso lleva a otro paso. Y hay que caminar para andar, aunque no os guste el camino. Ya veis que los monstruos también somos un poco filósofos. Qué difícil es ser el monstruo. No tenéis ni idea.
Lo más complicado, sin duda, es engañarse a uno mismo con la esperanza de que le comprenderán. Ya os he dicho lo que opino de la mentira y creo que mentirse a uno mismo es peor que mentirle a otra persona. Pero hay días en que siento como una extraña y monstruosa melancolía, y me convenzo de que todo cambiará y lloro. Sí, lloro, aunque os parezca imposible. Lloro. Aunque al oírlo os entren ganas de vomitar.

Me pregunto qué esperan sobre el conglomerado,
qué les han prometido para arquearse así,
rindiendo pleitesía, cargados de esperanza.
Ignoran que las minas de sus lápices
se han roto imperceptiblemente, ignoran
que en esta biblioteca no te puedes
dejar aconsejar, que no hay amigos
y nunca los habrá.
.........................Leen. Estudian,
y aunque yo no lo quiera me recuerdan
a mi infancia en el pueblo los domingos,
viendo cómo salían de la misa.
Sí: yo también envidio vuestra fe;
vuestra creencia vaga en el mañana.
Vuestra forma sincera de desearos suerte.
Hasta aquí hemos llegado, sin apenas ayuda.
Sabemos quiénes somos, y ésta es nuestra ventaja.
No vivimos de sueños ni de lo que hemos sido
(a pesar de haber sido más de lo que seremos).
Nuestra es la poesía si así lo convenimos,
y todos los derechos que envuelven los deberes
de aquellos que aceptamos. Sabemos protegernos.
Y si nos interrogan por Alá o por el sabbat,
por las verjas de Ceuta, por las fosas comunes,
pensarán que evitamos darles una respuesta.
Pero esto no es silencio sino lo que buscaban:
todos nuestros motivos, todo nuestro legado;
un erial temeroso, un orgullo sin letra.
La felicidad
Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal. No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo: iba a decir el mejor, pero diré que el único. Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal. Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto. Algún desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos. Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela me aguarda desde hace años con los brazos abiertos. A mí me colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal, acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.
Andrés Neuman
(Para leer una entrevista de Ben Clark a Andrés Neuman en este blog pinche AQUÍ)
extraído de: RAÚL BRASCA (editor), De mil amores, Antología de microrrelatos amorosos, Thule Ediciones, Madrid, 2005.
No hay nada más inútil que escribir.
Nada más dependiente que los libros.
Pero Alberto me llama y me pregunta
‘¿Qué te está pareciendo mi novela?’
Y yo le digo bien, salvo este punto
y el momento en que dice esto y aquello
y él escucha y anota y bien parece
que aquí estamos haciendo algo importante.
Quién pudiera vivir fuera de un libro,
juntar en un hatillo las palabras
y haciéndose a la mar decir ‘Adiós;
me voy para morir entre las fauces
de una auténtica bestia, les regalo
la curva de mi espalda, mis bolígrafos,
el impreciso sueño de la gloria,
la implacable derrota de mi olvido’.
de El arrecife
Voy a intentar ser breve: No va bien.
Raymond Carver ha muerto y en el barrio
el precio de una barra está muy lejos
de lo que uno podría sin sonrojo
llamar justo. Justicia. La palabra
aparece ante mí, bajo el bolígrafo,
como una criatura que ha perdido
a su madre en un centro comercial.
¿Dónde va esta palabra? ¿Tiene hogar?
¿Qué hace justo en el centro del poema?
Aunque esto era verdad hace dos versos.
Porque el poema acaba con ‘hogar’.
Sin embargo, jamás hay un final,
todo se perpetúa, nadie olvida,
y hay ojos que se miran con un odio
que no tiene colores, odio amnésico,
que infecta lo que toca y va borrando
cualquier otro elemento hasta que al fin
la palabra Justicia queda lejos,
perdida en el principio de un conjunto
de ideas y palabras de las cuales
recordamos el odio, poco más.
de El arrecife
En un momento dado todo deja de importar. No es, contrariamente a lo que uno podría pensar, el momento inmediatamente posterior a una catástrofe natural, a un accidente de tráfico, al reflejo de la muerte en un escaparate de rebajas. Sucede. No hay otra explicación. Sucede un martes, o un miércoles por la mañana, temprano, antes de amanecer. Sucede eso que es inexplicable y que no tiene por que suceder nunca; la vida de uno mismo parece la vida de otra persona. Alguien lejano. Alguien que no nos interesaría nunca conocer. No hay un manual para estos casos. No hay estudios. El hombre ha llegado a la luna. El hombre, en alguna parte, sabe de qué está hecha la Coca Cola. Pero no sabe qué hacer cuando aquello sucede. Lo primero que uno debe tener a mano son las llaves del coche y, por supuesto, efectivo para gasolina y chicles de fresa. Los chicles de fresa son fundamentales. No es posible cambiar de vida sin chicles de fresa. Está estadísticamente comprobado. Cuando uno conduce hacia una nueva vida se da cuenta de que la carretera se parece mucho a la vía que recorría en otro tiempo. Se parece. Pero no es igual. Nada es igual. Los chicles no son iguales, para empezar, y la incertidumbre es distinta a esa incertidumbre que revoloteaba sobre el desayuno a mediados de mes. Ahora es tan ingente que ni siquiera se nota. Como la gravedad. Pero no hay nada grave en la situación. No es una crisis. Está más allá de cualquier tipo de crisis. Una fase de duelo consigo mismo, uno podría decir… Pero no. No hay términos psicológicos para definir el estado mental de quien lo deja todo. De quien lo gana todo. Sucede. Puede que el amor tenga algo que ver, como en todo, puede que tenga algo que ver con el gato que nos cruzamos todas las mañanas y que misteriosamente nunca es el mismo. Algo que ver con la chica con hemiplejia que se sienta siempre en la misma butaca cuando desayuna y que suele derramar algo del café. ¿Pero qué? No hay un libro que lo explique, no hay una película de González Iñárritu que lo describa. Y, preguntarán algunos: ¿Dónde va aquel que lo deja todo? Normalmente a ningún sitio. Normalmente, y con suerte, a la cocina, al frigorífico, a por un vaso de leche fría. Y después a trabajar, a olvidar cuanto pueda, a negar cuanto pueda de todo lo dicho anteriormente mientras el gato juega entre unas cajas de Zara, y la chica sueña, y el camarero, sin sonreír, le pone otro café.
Me preguntas a mí, antes le habrás
preguntado también a otro más listo
que yo. Y cuando escuches lo que tengo
que decirte dirás que muchas gracias,
mientras piensas a quién preguntarás
después, quién te dirá lo que mereces
escuchar, mientras haces un curioso
cálculo, la ecuación de los imbéciles,
donde tu ego es igual a una respuesta
satisfactoria partida por trece.